La crisis del coronavirus y el estatus internacional de China: cuando la geopolítica y la política doméstica no van de la mano

Artículo de análisis elaborado por Mario Esteban, investigador principal del Real Instituto Elcano

En contra de lecturas algo apresuradas que concluyen que la crisis del coronavirus reforzará la influencia internacional de China, un análisis más completo lleva a pronosticar un impacto más bien negativo sobre su posición económica y política en el mundo.

Ser el origen del COVID-19 y haber actuado con falta de transparencia en el momento inicial será aprovechado por EEUU para redoblar su campaña sobre los riesgos de que las cadenas de valor de las empresas dependan demasiado de un país inseguro y las dudas acerca del liderazgo que puede jugar en la gobernanza global un país tan opaco. Por eso las autoridades chinas están intentando compensar ese relato con muestras de su supuesta eficacia en el control de la epidemia, la colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la solidaridad sanitaria en algunos países europeos como Italia o España (algo facilitado por la actitud poco proactiva de EEUU y de la UE hasta el momento). A nivel interno, también parecen equivocadas las previsiones iniciales que apuntaban a una pérdida de legitimidad del régimen. Al contrario, es probable que incluso se refuerce la posición del partido comunista, y si no lo hace será porque la economía se deteriora, pero no por causas políticas. Paradójicamente, en las democracias occidentales sí podrían producirse crisis de gobierno debido el daño económico y la gestión misma de la enfermedad.

Más allá del efecto sobre los equilibrios internacionales de poder derivados del impacto directo del coronavirus en China, el desarrollo de esta pandemia puede tener un mayor efecto sobre el lugar que ocupa el gigante asiático dentro de la comunidad internacional que sobre el de otros países, debido a que el COVID-19 se originó en Wuhan. Esto no ha pasado desapercibido para múltiples actores dentro y fuera de China, que se preguntan por el papel que han jugado las autoridades chinas en el origen y gestión de esta crisis, aunque lamentablemente esto derive en ocasiones en alegaciones infundadas, como que el virus había sido creado en un laboratorio chino. En este contexto, en Pekín están particularmente preocupados por dos cuestiones: el lugar de China dentro de las cadenas globales de suministro y su imagen internacional.

En China, al igual que en el resto del planeta, hay una gran intranquilidad sobre los efectos económicos de la crisis del coronavirus. Aunque gran parte de este debate pivota en torno al impacto sobre el ritmo del crecimiento económico a corto plazo, a las autoridades chinas también les inquietan los efectos estructurales a medio y largo plazo sobre el lugar que ocupa su país en las cadenas globales de valor. La Administración Trump ha animado constantemente a las empresas norteamericanas a reducir su dependencia de China, a diversificar proveedores y a relocalizar sus actividades productivas en EEUU, y ha impulsado este proceso mediante una guerra comercial con China que también ha afectado a las empresas de terceros países que producen en este país. Todo ello ha tenido un impacto negativo sobre la economía china, que creció en 2019 medio punto porcentual menos que en 2018. En este marco, la crisis del coronavirus contribuye a erosionar todavía más la posición de China como fábrica mundial, proporcionando munición a quienes cuestionan la fiabilidad del gigante asiático como base productiva, alegando que presenta múltiples dificultades que no se dan en las democracias avanzadas. Además, esta crisis añade una dimensión securitaria nueva a esta controversia, muy vinculada en los últimos meses al desarrollo de las redes 5G, y que apunta ahora también a los riesgos de depender de China para la provisión de medicamentos y suministros médicos.

En esta coyuntura, cobra una enorme importancia la batalla por la narrativa sobre la crisis del coronavirus. De ahí que, una vez que lo peor de la emergencia sanitaria en China ha quedado atrás, las autoridades de este país hayan pasado a la ofensiva para difundir una interpretación que contribuya a mejorar su imagen internacional. Cuando las noticias sobre una nueva enfermedad originada en Wuhan comenzaban a copar los medios de todo el mundo, el foco se ponía frecuentemente sobre dos cuestiones que dejaban en mal lugar a las autoridades chinas. En primer lugar, el origen de la enfermedad, derivado de prácticas alimentarias que eran legales a pesar de constituir una amenaza evidente para la salud pública. En segundo lugar, la estrategia de ocultación con la que se intentó gestionar en las primeras semanas la terrible amenaza sanitaria que se estaba gestando en Wuhan y cuya víctima más célebre fue el médico Li Wenliang. Esta falta de transparencia, que según algunos informes también se tradujo en presiones para que la OMS minimizara esta amenaza, ha generado una vez más dudas sobre el papel que puede jugar en la gobernanza global un país tan opaco como China.

Este escrutinio internacional sobre la responsabilidad de las autoridades chinas en el origen del COVID-19 y su respuesta durante las primeras semanas desde la aparición de esta enfermedad, no hará más que agudizarse a medida que las contundentes repercusiones sanitarias, económicas y políticas de esta crisis vayan golpeando los diferentes rincones del planeta. De ahí el empeño de la diplomacia china por sembrar dudas sobre el origen del virus, criticando a los medios occidentales por dar por sentado que se originó en China y dando pábulo a teorías conspiratorias que apuntan a EEUU como el origen del virus. Asimismo, la retórica oficial china subraya la eficacia en la gestión de las autoridades chinas como el elemento clave que ha permitido una rápida contención de la epidemia dentro del país y que el resto de los países tuvieran más tiempo para preparar una respuesta antes de que la enfermedad alcanzase su territorio.

Desde este punto de vista, China se presenta como un actor clave en la lucha de la comunidad internacional contra el coronavirus por su colaboración con la OMS, su conocimiento sobre la enfermedad, su experiencia en la contención del COVID-19, sus medidas para mantener a flote la economía global, y su cooperación práctica con otros países gravemente afectados. En este último punto, destaca, por el momento, el envío de un equipo médico y 30 toneladas de material médico a ItaliaEspaña ha sido el siguiente ejemplo tras las gestiones de la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, con su homólogo chino. También hay que subrayar la contribución de la diáspora china, que en España se está movilizando en múltiples lugares para facilitar mascarillas a la población y, especialmente, a personal sanitario y policía.

Esta colaboración práctica es muy apreciada por los líderes y por la población de los países afectados y puede contribuir a la mejora de la imagen de China en estas zonas, que son, potencialmente, aquellas donde más se podría deteriorar dicha imagen. Además, la velocidad de la respuesta internacional de China contrasta con la lentitud de la UE y el unilateralismo de la Casa Blanca, cuya máxima expresión ha sido, por el momento, el intento de reclutar a virólogos alemanes de la Universidad de Tubinga para que trabajen en exclusiva para EEUU. En este sentido, cuanto menor sea la movilización de los actores tradicionales para afrontar la crisis del coronavirus fuera de sus fronteras, mayor será la visibilidad que adquiera la ayuda China y su apreciación como socio privilegiado. Aquí, teóricamente, se podría abrir una ventana de oportunidad para China por reforzar sus vínculos bilaterales con los países europeos en detrimento de EEUU, pero su recorrido probablemente será limitado por dos motivos. Primero, porque no es esperable que China destine a Europa una gran cantidad de ayuda, dados su panorama macroeconómico y el sentir de su opinión pública. Segundo, porque los países miembros de la UE seguirán manteniendo lazos más estrechos con EEUU que con China en materia económica y de seguridad.

Merece la pena profundizar un poco más sobre el papel de EEUU, pues el coronavirus supone una evidencia más de los efectos negativos que están teniendo las tensiones entre Washington y Pekín para la comunidad internacional. La Administración Trump decidió reducir sustancialmente la cooperación con China en materia sanitaria, lo que afectó al personal de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades desplegado en China. Esto ha evitado que hayan podido desempeñar un papel más significativo en la fase inicial de lucha contra el coronavirus, como sí hicieron en 2002 y 2003 frente el Síndrome Agudo Respiratorio Severo (SARS). Es más, cualquier salida a la crisis económica global en ciernes será mucho más compleja si no hay una respuesta coordinada internacionalmente, lo que parece difícil en el actual clima de desconfianza entre estas dos potencias.

En cuanto a los efectos políticos dentro y fuera de China de la gestión de la crisis del coronavirus, la situación es mucho más ambigua y es bastante más probable que genere desafíos al liderazgo de gobernantes democráticos que al régimen del Partido Comunista de China. Es más, este último podría ver consolidada su posición. Estamos ante una situación paradójica, pues las autoridades del país cuya imagen puede verse más deteriorada por la crisis del coronavirus parecen correr menos riesgo de ver erosionado su liderazgo que sus contrapartes de otras latitudes.

En China ha habido un importante malestar popular con las autoridades por intentar ocultar la aparición del COVID-19, reprimir a quienes intentaban informar de ello y reaccionar de manera tardía a la aparición de esta enfermedad. Numerosos medios y analistas se hicieron eco de esta situación fuera de China apuntando la posibilidad de que fuera el preludio de una ola de presión popular que conseguiría avances significativos en el derecho de acceso a la información y en la libertad de expresión en este país. Esta era la narrativa que a mediados de febrero inundaba las cabeceras de medio mundo, presentando el coronavirus como el Chernóbil chino. Sin embargo, un mes después, China está en vías de superar completamente esta pandemia, la población china ha incrementado su exposición a nuevas tecnologías que pueden usarse para el control social y las comunidades chinas asentadas en varias de las democracias más desarrolladas del mundo comparan positivamente las medidas aplicadas en China para atajar el coronavirus frente a las que se están aplicando en los países donde habitan. Esto no quiere decir que la crisis del coronavirus no pueda erosionar la posición de las autoridades chinas, pero lo haría debido al deterioro que pueda provocar sobre la situación económica en el país, cuyo calado aún está por ver, no por una demanda directa de mayores libertades civiles o derechos políticos.

Esto hace que sea más factible que el COVID-19 acabe generando crisis de gobierno en países que son más plurales políticamente que China, aunque dichos gobiernos también podrían recibir réditos electorales gracias a una gestión exitosa de esta pandemia. Estos efectos pueden ser particularmente relevantes en las próximas elecciones estadounidenses y en el Reino Unido, donde Boris Johnson está tomando medidas que se apartan de las seguidas por la mayor parte de los países europeos y que podrían tener consecuencias dramáticas.Esto contrasta con la situación en las democracias occidentales, cuyos líderes necesitan para mantenerse en el poder el apoyo de una ciudadanía menos dispuesta que la china a sacrificar derechos y libertades individuales en nombre de la seguridad y que cuenta con otras opciones políticas a las que brindar su apoyo en caso de que sus dirigentes no contengan eficazmente la emergencia sanitaria.


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